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(Ahí va la metamorfosis)

 

                                      No era un sueño, no.

                                             FRANZ KAFKA

 

Álvaro Montes estaba sentado frente a su computadora. Los pies fijos y escribiendo, ¿o tratando? Las poco mas de tres horas y varios minutos extraviados le decían No distingas. Hombre de naturaleza obediente se sumía a las 9:agobio; a las 10:desespero; a las quince y serán las 11:angustia y los varios minutos extraviados, huidizos, perdidos como las intenciones que lo obligaban a continuar con sus escritos. ¿Un escribano? ¿Qué son esas letras? Quizás unas mas en el querer hacer, o quizá piezas claves, fijas, desafiantes a esa tecla que accionaba el desespero, y como diluvio de amnesia se llevaba todo, dejando a la probabilidad desierta.

        Miraba a uno y otro lado de su desparpajada recámara, como si pudiera encontrar el eureka entre los libros, la ropa sucia de varios días, los platos con restos del desayuno, la comida y la cena, papeles del despacho alborotados por tanto número, y una que otra cita cancelada sin aviso, pero que se queda allí en ese remolino de proyecciones. Hallar, encontrar indicios de esa ansiedad que pretendía taparle la boca. No digas nada. Pero no, la angustia lo amagaba desde adentro... Quince minutos más y ¿qué será de mí?

El tiempo se arremolinaba en sus proyectos, venía de atrás, corto, y se lanzaba hostil y temeroso hacia adelante. Llevaba poco más de dos meses colaborando en el suplemento cultural del periódico La Guirnalda, una labor que consideraba clave en su futuro como literato. Dos meses significaban apenas cuatro peticiones por parte del editor. Dos meses significaban apenas cuatro textos; Dos en torno a Lovecraft, digamos una introducción al mundo lovecraniano y otra acerca del Necronomicon; La tercera nota estuvo dedicada a Rimbaud y la poesía simbolista; Y la cuarta nota, la que ahora ¿escribe? Acerca de... De... ¿de quien? Ah, si, aún no lo decidía. Había leído en los últimos días una novela corta, algo de poesía dadaísta, el manifiesto De Tristán Tzara, y por la noche anterior había tomado un poemario de Rilke. Pero no le motivaban del todo, o mejor aplicado al caso, su pretensión, conjugada con el miedo-agobio-desespero-¿me angustio?  Ese mucho pensar ¿cómo hacerlo? le paralizaba y lo exhortaba a no motivarse del todo. Quería escribir, escribir no solo las letras, sino la impresión, la visión, analizar, lanzar propuestas y en todo eso, mantener como eje el Ser-Yo. Pero eso se estaba convirtiendo no en una angustia cualquiera, sino en el vértigo absoluto, totalizante. En una augusta y fantástica pretensión que para un hombre de 27 años, con estudios en contabilidad y ajetreos de despacho, representaría el mayor de todos los nudos, y adiós a las ideas a futuro. En sus noches de afición literaria había fraguado para sí una mediana carrera en las letras. Pero eso había sido fácil, ordenar los números de los otros y después leer, leer lo de otros, arrullarse con la voz de otros, nunca lo de sí mismo. Quizá, debía iniciar con este desparpajo. Hablar de él, darle un orden, y de ahí partir para hablar del sí mismo. La idea quizás no era fallida, el punto de error, o al menos así lo estaba detectando, era que ese querer hablar de sí mismo no había nacido de él. Sus notas en el periódico parecían más una reseña de carátula comercial, una promoción al “vamos cómpralo”, y si tenía lectores fascinados solo hablaba de la poca referencia literaria de éstos. Habías de añadirle algo tuyo, entrar a la historia a partir de ti. Rezaba el editor. Tienes buena sintaxis, buen manejo del lenguaje, pero... Y los puntos suspensivos, uno, dos, tres, y el quizás. Y el uno-dos-tres y mil aguijones de posibilidades se lanzaban contra ese pero de hule. Y el  a,b,c de Tzara explotaba sin nada. ¿Y qué puedo agregarle de mí? La respuesta solo se abalanzaba con enormes puntos suspensivos entre las comas. Había vuelto a borrar. Tecleaba. Borraba. Tecleaba ahjauyqwhdwjdhdqwhjeekfjiejejkjkfjf. Borraba ahjauyqwhdwjdhdqwhjeekfjiejejkjkfjf.

La a en la pantalla y una hormiga en el dedo del pie inmóvil. La f acariciada con la yema del dedo y otra hormiga en la rodilla. Se distraía, de a poco, entre el tecleo y borro, con los bichos que se paseaban por su escritorio, y luego como si fuese parte del tour, recorrían su cuerpo. Primero esa una en el pie, despúes esa una le había comunicado algo a la una-otra, subiendo de la rodilla al brazo, sin saber cómo, del brazo a la mano y aplastarla. Pero subía, una-otra y otra, dejando de ser la una-otra para convertirse en otra, y esa otra se convertía en todas. ¿Qué puedo escribir de mí? De Mi, ese Mi grande y misterioso arremolinado ante el monitor en blanco y más hormigas... ¿Qué poner en ese hueco en el que todo parece caber pero nada permanecer? En ese hueco parpadeante como la línea del mouse que espera y espera ante mi titubeo, ¿qué?

No podía ya pensar más. Solo en ese camino largo de hormigas, soldados ingeniosos del imperio del no-pensar. Sentir ese desfiladero de minucias lanzándose hacia él. Proyectando el cosquilleo redondo sobre la piel de sus indecisiones. ¿Y por qué hacia mí? Los números del despacho, el desparpajo, los restos de jamón y huevo que se regaban en zurrapas por la habitación se le sugerían como partes precisas de su núcleo de identidades. Por lo que agitaba su cuerpo tratando de que los muchos bichos se lanzaran hacia esas otras partes de él, hacia los únicos ejes que relacionaban al contador, el hijo de familia, el amante de literatura; Allí en ese orden de tumultos, en ese orden de su propio enredo se congregaban todos los Yo que se había construido a partir de los otros. Ser contador por que papá lo es... Ser buen hijo por que la hermana lo es... Ser escritor ¿por qué? ¿Porque he leído lo que otros han hecho? Buscarme a mí mismo, ¿por qué? ¿Porque el editor lo quiere? Ser siempre lo que el de afuera sugiere y nunca lo de sí, lo que se trae adentro. ¿Qué mas buscarán las hormigas? Impuesto a imitar, a ser como se debe ser. Y la carrera de puntos rojizos continua como una marcha de insomnes o un Rabel en desconcierto. Aglutinadas la una y la otra y todas sobre el teclado, sobre el monitor, aquí-ahora desierto. Mandaré a la redacción puntos suspensivos  y titularé el texto Grandes apuestas a la nada. ¿Proyectos? Bah, si lo mejor es mandar a la mierda este intento. La literatura no se narra con puntos suspensivos. ¿Qué me proyecte en lo que leo? ¿Qué me proyecte? ¿Hacia donde?

La única alternativa de evadir ese todo que se le congregaba como nada, era dejando que los segundos se diluyeran delante de sus ojos. Dejar de ser solo la existencia, el exthâsis  que solo te hace salir para ser tumulto, angustia, desespero. ¿Dar pasos? ¿Adónde? ¿Hacia la incertidumbre? Y de nuevo ser tumulto, tumulto de posibilidades, esas que ahora todas se le venían encima, pero ninguna, o al menos seguía sin reconocerlo, atinaba en eso, en hablar de sí mismo.

He leído tanto en los últimos meses, y ni siquiera sé que escribir, ¿Qué le ponga mas de mí? “Mas de mí” como si fuese producto en venta, como si fuese sal o picante verde. He leído bastante pero eso es fácil, por que solo oyes y escribir se está volviendo ahora un escuchar. Oír, como el perro a la orden del amo, sin comprender, sin cuestionar, solo ser por que se tiene que ser. Debería ser tan fácil como tomar una fórmula matemática y saber cuando llegas al punto final si atinaste o debieras volver a empezar. Tomar un poco del estilo simbolista, algo surrealista, algo de aquí, algo de allá, pero “S + 7” es igual a plagio. Al final escuchas al otro, para oírte a ti mismo, y otra vez la vuelta de dudas y vértigos... Buscar y buscar.  Algo quizá parecido al muñequito que dentro de una caja musical gira y gira, en el mismo sitio, sin ritmos, sin acordes, sin variaciones en el movimiento, sin pertenecer a la música de imito-a-beethoven que se escucha dentro. Caracol ensimismado, lava, mucosa. Solo eso. Y dejar que las corazas cambien.  Ensimismado en sus propias secreciones dando vueltas en los muchos laberintos, minotauro enfadado, extraviado ante tanta posibilidad hecha por sí mismo, y que sufre un desencanto que lo petrifica antes de que llegue Ariadna. Caracola en busca de su cola, solo eso.

Perseguirse sin correr demasiado. Como una arroba que no sabe que en su centro lleva una “a”, se pierde, hilo de vuelta y vuelta, sujeta a su enredado An-dAr.

Quieto. Solo sus dedos índice apoyando sin presionar, el derecho sobre la K, el izquierdo sobre la A.............. Puntos, aguijones, bocanadas de todo se le venían encima, sin saber que eran suyas. Todas las posibilidades congregadas en su cuerpo. Allí en el estacionamiento de sus indecisiones. ¿Escribir sobre la novela? Y la fila de bichos subía hacia su cuello, cada vez mas, cada vez mas aparecían por entre quien sabe donde.

Invadido hasta las secreciones. El desparpajo era en ese momento un cúmulo de olores, azúcar quemada, putrefacto, un color viscoso, café y confuso embarrado en los párpados... En los oídos, en el orificio del ano...   No había nada mas, el horizonte una malla de nadas. Todo se tornaba impreciso, el qué soy y qué le puedo poner de Mi. Impreciso como ese sabor a grano de azúcar en los dientes que ahora titiritan... como las cosquillas en la córnea y tragar tumultos de fierro diminuto, tragar hasta que salgan por los huecos del cuerpo y luego regresen al mismo andar... Eterna omega ensimismada en su trayecto, solo eso y el grito horrorizado, erizante  de Graciela... Dios mio! Que las hormigas se llevan a Álvaro.

 

(El texto Ahí va la metamorfosis fue el último que apareció de Álvaro Montes, en el suplemento cultural de La Guirnalda, el 20 de julio del 2003)

 

 

Mazatlán Sinaloa agosto 2003

 

 

 

 
 

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